CAPÍTULO OCHO
BUSH Y BIN LADEN: EL TERROR Y LA CONSTRUCCIÓN
DE LAS NUEVAS FRONTERAS POLÍTICAS

Mtro. Salvador Guerrero Chiprés

ABSTRACT

This essay relies on Latin political theoretician Ernesto Laclau's concept of dislocation to attempt to explain why and howcontemporary societies can become receptive to polysemic revolutionary discourses and create new political identities. Based on this theoretical framework, the confrontation between George W.Bush and Osama bin Laden is seen as a process in which bothadversaries profit politically from the events of September 11 as well as the worldwide media coverage about terrorism. Both, terrorism and the construction of notions like "the enemy" entailthe use of highly subjective categories.

El terror no es nada más que justicia, pronta, severa e inflexible, es por lo tanto una emanación de la virtud.

Robespierre

Y cuando la rebelión milenaria tiene lugar, el asalto sobre la ciudad es feroz, total e indiscriminado: no existen discursos capaces de establecer diferencias dentro de una cadena de equivalencias en lacual cada uno de todos sus elementos simboliza el mal.

Ernesto Laclau 1

1 Laclau, Ernesto, Hegemony and Socialist Strategy, London, Verso, 1999, p. 130. Énfasis del autor.

EL TERRORISMO COMO CATEGORÍA POLÍTICA
INEVITABLEMENTE SUBJETIVA

George Washington fue una vez un terrorista, lo fueron o al menos fueron considerados como tales, Nelson Mandela, Juana de Arco —tres siglos antes que Robespierre— y Charles de Gaulle. Según una declaración del ministro de Información sirio, Adnan Umran, al diario londinense The Guardian2, esta afirmación habría sido presentada ante el primer ministro británico, Tony Blair. El funcionario adelantó la versión un día antes del encuentro que Blair y el presidente sirio, Bauhar Assad, sostuvieron en Damasco, el 31 de octubre pasado, en el intento de la coalición estadounidense-inglesa de desmantelar una posible resistencia explícita a su acción militar, proveniente de algunos países árabes y elites políticas que veían sin antipatía al régimen talibán y a Osama bin Laden.

 

2 The Guardian, p.2, 31 de octubre, 2001.

 

De hecho, el encuentro no fue satisfactorio para Blair. La prensa inglesa consideró incluso que el principal aliado de Estados Unidos había sido víctima voluntaria de una emboscada diplomatica, dado que los sirios mantuvieron clara y públicamente su distancia respecto de los representantes del mundo occidental. No se supo si el comentario finalmente tuvo lugar en la conversación privada, pero según especularon periodistas británicos, también se habría mencionado el nombre de Oliver Cromwell, el célebre líder inglés que destruyó el monopolio político de la corona en el siglo XVII y quien fue juzgado con los calificativos de la época, correspondientes a la connotación negativa que actualmente tiene la palabra “terrorista”. El término terrorista no tenía dicha connotación en la revolución francesa, no la tiene actualmente en zonas de Medio Oriente, e incluso sectores de la ultraderecha israelí no la consideran crucial, en tanto que se acerca a sus propios intereses, tema al cual me referiré más adelante.

En marchas y manifestaciones públicas en la ciudad de Londres, ciertamente notorias, pero infrecuentes, las figuras de Blair y George Bush fueron presentadas una media docena de veces en carteles con fotografías poco favorecedoras y la palabra “murderer” o “terrorist” arriba de ellas. Pudiera no extrañar que The Guardian expresara tal opinión, al tratarse de un diario asociado con sectores de lo que puede denominarse, más bien, una izquierda inglesa liberal. Ciertamente no ha habido una sola manifestación publica a favor del involucramiento inglés en Afganistán, aunque sí numerosas muestras de apoyo, siempre disputadas, en los medios de difusión.

En el periódico The Times —cuya cobertura de la corte inglesa nunca hace desmerecer el seguimiento de temas de punta, pero que claramente no podría ser considerado “de izquierda”— abundaron los artículos de carácter histórico acerca de la disputa que por Afganistán han sostenido las potencias, así como textos de autores especializados en análisis estratégico, historia militar, coyuntura política y conflictos internacionales. Pocos asumieron una actitud patriotera y en todos los casos puede advertirse la intención de polemizar sobre la polarización a que dieron lugar los atroces ataques del 11 de septiembre en Nueva York. Esa actitud incluye el reconocimiento de la subjetividad alrededor del campo semántico de “terrorista”.

En el caso del diario The Independent —cuyo corresponsal en Afganistán, Robert Fisk, es la referencia favorita de Noam Chomski para apoyar su crítica a la presuntamente generalizada inconsistencia del gobierno estadounidense—, la variedad de posiciones ratifica nuevamente que en Inglaterra la prensa ha tenido una actitud de revisión crítica cotidiana que es impensable incluso en los organismos parlamentarios locales. La voz de Blair está lejos de ser desafiada en los espacios de la elite política, pero lo es en los centros de procesamiento de opiniones públicas, y subrayo el plural, en correspondencia con una sociedad en que conviven multitud de ciudadanos de origen norafricano, árabe y asiático, cuyo porcentaje es inversamente proporcional a su activismo: no más del 10 por ciento de la población.

Acerca de la relatividad del concepto de terrorismo dan cuenta las afirmaciones e ideas citadas arriba. Incluso intelectuales bien conocidos en Tel Aviv han destacado que la idea de terrorismo como uso de violencia contra Estados, como fuente de violencia desde los Estados, o como promoción de actos violentos de Estados contra Estados, es en sí misma ambigua. El terrorismo, dice Ariel Merari, “es un modo de lucha, más que una aberración socio-política”. Éste es un acercamiento analítico imprescindible, útil para desplazar el acercamiento moral a un fenómeno que, eventualmente, puede ser mirado de manera más técnica.

En la búsqueda de una definición aceptable para la noción en torno de la cual se ha articulado la primera guerra del milenio, es conveniente apelar a la posibilidad de un sentido más amplio que el relacionado con las connotaciones negativas que se le atribuye en espacios dominantes de los medios en Estados Unidos y en general en el mundo occidental. La definición de la Vicepresidencia estadounidense, expresada en 1986, en el sentido de que el terrorismo es “el uso ilegal

o la amenaza de violencia contra personas o propiedad con propósitos sociales y políticos” es tan amplia que si se enmarcara en la misma a todos los actores involucrados en conflictos armados en la historia de la humanidad, resultarían haber sido, de una u otra manera, terroristas, argumenta Merari. En otras palabras, la definición dominante de terrorismo empleada en la campaña estadounidense-inglesa, pudiera no ser compartida probablemente por la mayoría de la humanidad3. El especialista considera que el terrorismo es una de las varias formas de insurgencia y acción política violenta.

 

3 Merari, Ariel, “Terrorism as strategy of insurgency”, en Terrorism and political violence vol. 5, no. 4 Winter 1993, London.

 

No existen diferencias sustantivas entre el golpe de Estado, la revolución “tipo leninista”, la revuelta espontánea o la guerrilla, si no se consideran un conjunto de elementos como el nivel de insurgencia, el número de involucrados, la duración de la “lucha”, las formas de violencia, la dimensión de la amenaza involucrada contra el régimen atacado y el nivel de espontaneidad que se introduce en los actos de violencia política.

Lo que es específicamente terrorista, en una definición exenta de ánimo moralizante, es un tipo de violencia política, de un nivel de insurgencia semejante al de la guerrilla, pero estimado como “bajo” en comparación con el golpe de Estado, y con un escaso número de participantes, a diferencia de los numerosos contingentes asociados con la guerrilla. Sus organizadores y promotores la ubican como instrumento en una disputa de largo plazo —como en la guerrilla— con un grado de violencia en general menor que el de la guerrilla misma, carente de espontaneidad, y la amenaza que representa para el régimen es en general menor.

A diferencia de la guerrilla, sostiene Merari, el terrorismo no busca control de territorios. Los sucesos del 11 de septiembre han obligado a los organismos de Inteligencia a redefinir el concepto en la medida en que Al-Qaeda representa una combinación de la forma guerrilla-organización terrorista. La definición de estos nuevos límites que permitirán una clasificación apropiada, tendrá, estimo, dos niveles: uno de carácter conceptual y analítico, y otro accesible a la circulación y el consumo de la opinión pública, moldeada a partir de las definiciones dominantes en la televisión y los liderazgos que contribuyen a dar sentido colectivo a sucesos problemáticos.

En el primer nivel, la definición se estructura a partir de necesidades estratégicas de largo plazo; en el segundo caso, se utiliza como un punto de concentración y movilización del repudio a los ataques de septiembre de 2001 y como instrumento legitimador de las reformas y decisiones de Estados Unidos y sus aliados en ambos lados del Atlántico. Está claro que en los dos niveles de la redefinición, en la medida que quien reorganiza las connotaciones conceptuales y prácticas posee la hegemonía mundial, tendrá repercusiones internacionales mayores a las que ya ha tenido, en el sentido de crear las condiciones para introducir leyes, controles e instituciones que antes de esa fecha eran impensables; en particular, la redefinición de seguridad nacional como panorama que incluirá la promoción internacional de valores culturales y modelos económicos diseñados para desmontar las condiciones sociales donde surge el fundamentalismo insurgente. En el caso inglés, después de algunos ajustes, la nueva reglamentación ya fue aprobada y se revisará en dos años. Incluye nuevas facultades para los cuerpos de seguridad, y mecanismos de coordinación más dinámicos entre ellos. En particular, autoriza la detención sin procedimiento legal de por medio de presuntos miembros de organizaciones vinculadas al “terrorismo”.

Dado que las organizaciones que acuden a la violencia política no pueden en general evidenciar su ubicación territorial, especialmente en Europa o en Medio Oriente —lo cual difiere del contexto latinoamericano—, y debido a que se encuentran perseguidas por diversos cuerpos de seguridad, necesariamente se privilegiarán los recursos que imperan en el dominio de la percepción. Por ello, deben ser capaces de desarrollar operaciones que en los medios masivos exhiban capacidad organizativa, poder y audacia, como es el caso del mismo 11 de septiembre, cuando por primera vez un ataque fue visto, en vivo, por millones de personas, superando cualquier precedente mundial de utilización de los medios a favor de intereses distintos de los gobiernos establecidos.

Sostengo que este doble hecho, la imposibilidad de controlar un territorio largo tiempo y la importancia de la repercusión psicológica y política, es la base para que se presenten las condiciones de posibilidad del fenómeno de interpelación y la utilización de discursos que son capaces de convocar a militantes y activistas en operaciones de carácter diverso sin estructura jerárquica centralizada. En la capacidad de desarrollar un liderazgo, que es al mismo tiempo concreto, general e invisible, se fundamenta la posibilidad de articular células que participen en violencia política coordinada. Este principio es visible en todos los procesos insurgentes —también los de la derecha política—. Por supuesto, existen organizaciones gubernamentales que también han recurrido al terror y utilizan mecanismos similares para mantener sus redes de información y operación, frecuentemente al margen de la pro-pia ley que pretenden defender. La violencia política no tiene significado en sí misma como en particular no lo tiene la expresión terrorismo

o guerrilla. El significado está relacionado con la operación específica y el contenido que en cada circunstancia adquiere. Es un hecho también que la connotación dominante de “terrorismo” involucra elementos “negativos”, mientras que la de “guerrilla”, hasta antes del 11 de septiembre, podía llegar a tener elementos “positivos” más visibles para sectores diversos de las poblaciones occidentales. Esto ha cambiado. La dimensión del cambio será percibida conforme se transforme en instituciones y prácticas sociales renovadas de control político.

Para ser efectivos, el terrorismo contra el Estado y otras formas de insurgencia necesitan arribar a los medios masivos de comunicación. Para ser efectiva, la violencia política del Estado necesita separarse de la posibilidad de ser identificada como tal, es decir, requiere disolver su naturaleza como instrumento puro de poder que no requiere justificación en la medida en que es acción dirigida a la destrucción del enemigo inaceptable. Necesita disolver cualquier posibilidad de aparecer ella misma como un acto de terror, venganza u oportunismo político. Por ello, las crónicas sobre Afganistán han sido fundamentalmente las de los periodistas que llegaron con la civilización armada y con la Alianza del Norte, o los que estaban fuera de Kabul o Tora Bora; nunca dentro, nunca del lado agredido. Se necesita un discurso alternativo construido con el ensamblado de una coalición gobernante y la ubicación de esas acciones en un horizonte amplio de reformas internacionales.

Así como hay una zona gris entre guerrilla y terrorismo —objetivos semejantes en tanto instrumentos de propaganda y de intención estratégica de modificar una correlación de fuerzas dada—, hay una más, otra zona de ambigua transición entre violencia política insurgente y contraviolencia del Estado, en la medida en que ambas acuden al mismo instrumento material —armas— y psicológico —apelación positiva o negativa al uso de los medios—. En esta zona gris habita la posibilidad de que la violencia política se reproduzca y legitime siempre y cuando encuentre una forma de ser simbolizada de manera trascendente.

Debe hacerse notar que la guerrilla, como el terrorismo, es identificada como un instrumento de última instancia. Merari, por ejemplo, señala que en Israel los palestinos han encontrado el terrorismo “como el único modo de violencia a su alcance” para enfrentarse a la represión y a la acción armada de sus enemigos. En México el propio líder del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) afirmó en los primeros meses de 1994 que podía estarse contra los métodos violentos de la agrupación, pero no contra sus razones, al argumentar a favor de instrumentos desesperados con los que se pretende reivindicar y hablar en nombre de una comunidad agredida, autoasumida como una legítima colectividad política armada que ha tenido diversos grados de éxito entre los públicos y las elites políticas.

De manera similar, la violencia política como elemento de reivindicación de una comunidad puede encontrarse también en la lógica de la respuesta de Estados Unidos, constantemente criticada por Noam Chomsky, quien subraya la inconsistencia del discurso militarista con respecto a los valores democráticos de los estadounidenses. Chomsky observa la lógica de una especie de “gangster global” deseoso y obligado a validar que es su derecho —y su capacidad— la unilateralidad militar, la justicia infinita, en tanto líder mundial, por encima de tribunales y acuerdos internacionales4. Chomsky, extraordinaria voz disidente, no explica, sin embargo, por qué una comunidad decide al fin mantener su apoyo a ese principio de matón global que cuestiona.

EL ISLAM COMO INSTRUMENTO DE SIMBOLIZACIÓN DEL ENEMIGO

En este texto mi intención es enunciar uno de los significados probables de esta nueva polarización entre Estados Unidos-Inglaterra y el mundo islámico: la reconstitución artificial —es decir política, subjetiva, ideológica— de la línea que divide una “civilización” de la “barbarie”5. No me voy a referir a la denominación que los musulmanes dieron a los europeos en el siglo XI cuando éstos invadieron Medio Oriente en las Cruzadas y los occidentales fueron acusados de “bárbaros” por los civilizados pueblos árabes de la época. Tampoco desarrollaré la idea de que las propias definiciones fallidas iniciales después del 11 de septiembre alcanzaron a retirar la utilización del concepto “cruzada”, que evidentemente habría perjudicado enormemente la intención estadounidense de aislar a los talibán y perseguir a Osama bin Laden en territorio musulmán. Esos actos fallidos sirven para identificar la noción que Estados Unidos tiene de otros, un hecho patentizado por la persecución militar de gran escala realizada en Afganistán sin haber presentado en los primeros tres meses ninguna evidencia incontrovertible de culpabilidad directa de los presuntos responsables. Quiero aludir al hecho de que el trazado de nuevas fronteras políticas apenas inicia e incorpora la generalización de un proceso que se dirige a domesticar el fundamentalismo islámico en una iniciativa que contaminará a Estados Unidos en el sentido de que será sujeto de modificaciones resultantes de la interacción.

 

4 Ver las entrevistas de septiembre 12, 14, 18, http://counterpunch.org/chomsky-bomb.html y en su reciente libro 9/11.

5 En ocho años, desde que Foreign Affairs publicó en 1993 su famoso artículo, “The clash of civilizations and the remaking of world order”, Samuel P. Huntinton no ha hecho sino reactualizar exitosamente su idea de que esa línea de confrontación sería central en la explicación del conflicto internacional y en torno a valoraciones culturales. En 1962, el mismo año del inicio de la construcción de las torres gemelas, ya había adelantado la idea de que la defensa de los intereses de Estados Unidos tenían que estar en constante revisión de nuevas formas de conflicto militar. Ver The Guerrilla Warfare.

 

Ubico el establecimiento de aquella polarización y la “contaminación” aludida, así como a la definición de nuevas fronteras políticas, en el centro del propósito de Osama bin Laden. Pretendo acercarme a esta idea con algunos instrumentos de teoría de discurso, entendida ésta, de manera muy general, como el resultado complejo de aportes teóricos de quienes asumen que el significado de los fenómenos políticos está siempre sujeto a una disputa de carácter igualmente político e ideológico.

A casi cuatro meses del hecho que demostró la vulnerabilidad de la mayor potencia hegemónica —no las torres gemelas, sino el mismísimo Pentágono; no sólo la incapacidad del estado estadounidense para cerrar el círculo de la seguridad que todo estado debe a sus ciudadanos, sino también la incapacidad de garantizar certeza de protección a la propia elite político-militar— es imposible apelar a una única interpretación plausible, en el sentido de ser aceptada por públicos exigentes intelectual y emocionalmente.

Aun cuando el régimen talibán ha sido desplazado del poder y aun cuando ese espacio político ha sido ocupado por una coalición promovida y protegida por un acuerdo político interno y principal-mente por los recursos diplomáticos y militares de estadounidenses e ingleses, sostengo que paradójicamente los dos principales centros de la polarización, a la cabeza de iniciativas políticas de naturaleza antagónica como los estadounidenses o los miembros de Al-Qaeda, han resultado triunfantes en la medida en que el establecimiento de una nueva línea de demarcación internacional favorece a:

1) Los intereses de Estados Unidos y con ellos los del mundo occidental; es decir, todos aquellos convencidos de las bondades de la democracia liberal y del mercado mundial dominado por corporaciones comerciales y militares, la protección de las variables macroeconómicas internacionales, los mercados nacionales de los otros y los recursos energéticos, así como por oportunidades de desarrollo personal y social no registrables en el Medio Oriente.

2) Los propósitos de miembros de organizaciones como Al-Qaeda a escala internacional, así como de Hamas en Palestina y otros organismos alrededor de estas líneas específicas de conflicto, para los cuales los ataques terroristas forman parte de una estrategia general que incluye la propaganda y la expectativa de ser el punto de identificación de otros posibles aliados y simpatizantes.

3) Las nuevas elites políticas “moderadas y responsables” que comprendan las consecuencias de esta interacción.

En consecuencia, desplaza momentáneamente a los organismos radicales de países en la esfera inmediata de influencia de Estados Unidos.

¿Cómo es posible que dos enemigos resulten favorecidos de una situación que debería implicar la afectación de uno y el beneficio de otro? ¿No son los enemigos, por definición, polos opuestos de una tensión en la cual lo que beneficia a uno perjudica al otro? ¿Es posible afirmar que existe una interacción que supone consecuencias múltiples cuya positivi-dad —o “negatividad”— no puede ser determinada absolutamente?

Mi hipótesis es que esa lectura sólo podría ser válida en el caso de que quien pretende comprender una realidad compleja —léase insurgencias, gobiernos, oficinas de inteligencia, corporaciones militares, empresarios, periodistas— se ubique solamente en uno de los puntos de observación ideológica y política dominantes a ambos lados de la nueva frontera política y asuma que éste es consistente por sí mismo y que, en consecuencia, el otro carece de coherencia y de todos los atributos morales y políticos que frecuentemente son asociados con “ser consistente” o “defendible”.

Esa paradoja es incomprensible y puede fácilmente parecer absurda sin evidencias o sin argumentación.

Para referirme a ambos aspectos, en adelante desarrollo mi tesis con relación a un breve enunciado del contenido del Islam y su vínculo con lo que en Occidente ha sido llamado “terrorismo”, los eventos del 11 de septiembre, las consecuencias posteriores y una aproximación a las ideas postgramscianas de hegemonía e identidad política.

Los cinco pilares del Islam reconocidos por sus practicantes no insurgentes e identificados en el mundo occidental son la fe, la observancia del ritual del rezo, la disposición a ser caritativos con los pobres, comprometerse con el ayuno durante el mes del Ramadán y el peregrinaje a La Meca al menos una vez en la vida. ¿De dónde se desprende entonces la interpretación “terrorista” o potencialmente “insurreccional” contra los intereses de Estados Unidos, Israel o de sus aliados en Medio Oriente, en primer lugar Arabia Saudita?

He subrayado la fe porque a partir de ella o de lo que se entiende por ella puede construirse un sistema de interpretación cuya existencia se deriva del hecho de que la fe no habla por sí misma, requiere de un sistema de mediación, lo mismo que la democracia, una especie de fe moderna y postmoderna que carece de existencia sin un conjunto de instituciones y prácticas y los correspondientes encargados de interpretar su significado en contextos específicos.

Para dar sentido actual a la fe islámica —o cualquier otra— ésta tiene que ser interpretada a través de un conjunto de líderes religiosos, político-religiosos, organismos de reivindicación política y cívica, académicos y, principalmente, por aquellos que pueden obtener liderazgo simbólico, gracias a sus capacidades personales, su ambición, sus recursos financieros o incluso, mediante su habilidad para administrar la disposición suicida y religioso-militar de otros, aquellos que alcanzan una visibilidad local, nacional o internacional desde donde esa mediación, esa interpretación, pueda ser organizada y ofrecida a quienes pueda llegar.

APORTACIONES TEÓRICAS DE ALTHUSER Y LACLAU

Louis Althuser se refiere en sus Ensayos sobre ideología a este fenómeno de posibilidad de interpelación cuando un policía que grita a un ciudadano consigue que éste se detenga o cuando un Dios —cualquiera que sea el nombre sagrado— es percibido como la fuente de interlocución que “habla” a un creyente. Entonces, dice, se evidencia el fenómeno de interrelación entre una entidad concreta identificable y otra abstracta y transcendental. La interpelación, en el caso de los organismos extremistas árabes incluye este fenómeno.

¿De qué no habla la fe islámica “por sí misma”? De la manera concreta en que un código generado hace trece siglos puede ser interpretado, vivido y utilizado para compensar, aliviar, asimilar y actuar en una realidad determinada. Los grupos terroristas, como las expresiones de las cuales se generaron movimientos de apertura en Europa y de represión en Estados Unidos y México, parecen haber tenido lugar en 1968. Según autores como Bruce Hoffman6 la explosión de grupos terroristas identificables a partir de sus preocupaciones religiosas se generó en ese año. Otros insisten en la explosión premilenaria de la década pasada7. Hoffman encuentra que la religión motiva la existencia de aquéllos pero sobre todo se hallan consideraciones políticas cotidianas en contextos específicos. Hoffman subraya la imposibilidad de separar la dimensión religiosa de aquella que Occidente conoce como específicamente política y condiciona el significado del término terrorismo a la comprensión de su motivación política.

 

6 Autor de numerosos estudios sobre terrorismo y reportes sobre su evolución en Europa, África y Estados Unidos, especialmente Terror in the mind of God, así como Inside terrorism. Es director de RAND Corporation in Washington y fue especialista en violencia política cuando daba clases en Escocia.

7 Ranstorp, Magnus, Terrorism in the name of religion, Journal of International affairs, Summer 1996, 50, no. 1 p 41-62.

 

Debe recordarse que la separación de ambas esferas, el distanciamiento entre la política y la religión, es un resultado complejo de inmensas intervenciones especialmente notables después del largo proceso que comenzó a construirse teóricamente en Italia con Maquiavelo, en Inglaterra con Hobbes, en Francia con Sieyes y Montesquieu, y en Alemania, contradictoriamente, con Hegel y Marx. En otras palabras, es un producto intelectual occidental. Sin embargo, aun en el mundo occidental es inseparable la religión o alguna de sus dimensiones de su uso como mediación en los liderazgos. Tres ejemplos que podrían parecer provincianos: la devoción de los estadounidenses por las implicaciones de un dólar en el cual se establece la explícita afirmación “en Dios confiamos” y de la predecible relación de todos los dirigentes estadounidenses con el protestantismo; el presidente Vicente Fox con el uso de su pretendido catolicismo y la Virgen de Guadalupe, y en el caso de los movimientos sociales y guerrilleros, especialmente en Chiapas, la importancia que para la formación de una colectividad política, que parcialmente sería después base del EZLN, tuvieron interpretaciones específicas del catolicismo como la teología de la liberación.

El fenómeno de interpelación y el vínculo entre política y religión están claramente presentes en la constitución de una entidad política agredida que en los países árabes se encuentra dispersa y sujeta a un violento proceso de cambio dictado por una multiplicidad de factores: nuevas reglas de relación con las oligarquías locales, las cuales no se distinguen necesariamente por lo que en Occidente se llama “comportamiento democrático” o “eficacia institucional”; una extensa población joven resultado de las mayores tasas de crecimiento demográfico registradas actualmente; la incapacidad de vivir en contextos específicos la plenitud prometida por los discursos disponibles, incluidos el propio Islam tradicional; la irrupción de nuevas formas de relación entre tribus, regiones, países, formas de comportarse y de consumir, y el predominio de economías que reproducen circularmente su riqueza

o su miseria. En Arabia Saudita todo nativo tiene acceso a condiciones de vida extravagantes en el desierto petrolero: automóviles que podrían ser considerados de lujo en Occidente, por ejemplo, y la posibilidad de ofrecer empleo a dos de cada tres jóvenes en la economía petrolizada8. En cambio, en Afganistán es bien conocido el extremo opuesto. El espectro de lo que Occidente considera autoritarismo va de la República Turca, encabezada por Ahmet Necdet, a la dictadura presidencial de Hussein en Irak.

Las realidades problemáticas de sociedades dominadas por cam-bios e insuficiencias que han sido estudiadas recientemente9 crean condiciones de lo que Ernesto Laclau10 llama dislocación, como una distancia ontológica entre el ser y la posibilidad de ser, un fenómeno que resulta de la distancia y la ruptura entre los sentimientos y expectativas previamente dominantes en una comunidad, a saber, estabilidad, seguridad, sentido de futuro, horizonte de desarrollo personal o colectivo y, en el otro extremo, los efectos de prácticas sociales que interna y externamente invaden ese conjunto de factores antes considerados como garantía de la comunidad para su reproducción. Esa dislocación permite una situación de receptividad y apertura en la cual todo discurso disponible se convierte en el instrumento de interpelación en un proceso que puede dar lugar a la constitución de una nueva identidad política, al establecimiento de una frontera a partir de la cual la construcción de un enemigo es factible y, más aún, puede desafiársele y eventualmente desplazar y aniquilar. El enemigo es el sinónimo del responsable de la propia dislocación, independientemente de que existan o no evidencias empíricas para ello. Es el sitio de convergencia de todo lo que niega al ser y a la comunidad y es el centro de construcción de un antagonismo. Para constituir al enemigo, el discurso que se ofrece a la colectividad sujeta a dislocación tiene que estar impregnado de valores simbólicos que sirven como mediación entre alguna fe que alivie, compense, y explique, y un sujeto individual o social que ansía ese instrumento simbólico de representación, acción y final-mente de salvación y realización de la propia identidad.

 

8 Newsweek, en la portada, con la imagen de Bin Laden “After the evil”, p. 25-29, diciembre 24, 2001.

9 Ranstorp, Magnus, op. cit.

10 Muy probablemente, el intelectual latinoamericano más relevante en Inglaterra, Laclau sintetiza aportaciones provenientes del marxismo y su revisión crítica, y de autores como Lacan, Zizek, Michael Foucault, Jacques Derrida, Gramsci, Gustave Lefort, etcétera.Véase New Reflections on the revolution of our time, London, Verso. Destaca entre sus aportesla posibilidad de entender los conflictos como condiciones y consecuencias en torno de los cuales se definen identidades políticas. Las lecturas de sus aportaciones son múltiples.

 

El fenómeno es complejo y ocasionalmente simultáneo. Los ataques a las torres gemelas y al Pentágono desafían los valores de una comunidad. La misma, ve en estas acciones la brutal interrupción de sus garantías como colectivo. Estados Unidos creía e hizo pensar a todo el mundo que su territorio era inexpugnable. Ni los soviéticos, los comunistas chinos u otras fuentes de riesgo durante la Guerra Fría concretaron antes un ataque de esa magnitud, directo al corazón de las seguridades de la comunidad estadounidense. Adicionalmente, el ataque provino de un grupo infinitesimalmente más débil, si es que finalmente hay que acreditárselo a Al-Qaeda11. Como si eso no fuera suficiente, el ataque reveló las contradicciones e insuficiencias del sistema de inteligencia estadounidense, no sólo respecto de la generación de inteligencia —en el sentido de producto de las instituciones de seguridad nacional— apropiada para confrontar las fuentes de riesgo, sino de las diversas dificultades internas del sistema para procesar información, responder por su responsabilidad en la promoción previa de enemigos de los enemigos —Bin Laden, Hussein— que se rebelan al control estadounidense y una posibilidad aún más terrible y ahora impensable: la posible —pero no probable— responsabilidad interna indirecta del sistema estadounidense en lo ocurrido el 11 de septiembre12.

 

11 Reservas sobre la verosimilitud del video que presuntamente inculpa de manera definitiva a Bin Laden fueron publicadas en The Guardian el 15 de diciembre: citando fuentes de la inteligencia paquistaní se establece la posibilidad de un doble que se presenta como Bin Laden. Líderes estadounidenses consideran esta reacción como mero resultado de teorías conspirativas inatendibles. La BBC de Londres matiza, al presentar el video siempre insiste en que aquél es presentado por la autoridad estadounidense como evidencia auténtica.

12 The Times publicó el 1 de noviembre información previamente reportada en Le Figaro en al cual se menciona que un agente de la CIA se entrevistó con Bin Laden el 15 de julio durante la estancia de aquél en un hospital de Dubai.

 

Una comunidad ofendida asume la oferta discursiva que Al-Qaeda le entrega y la violencia política especifica que incluye el terrorismo y la acción suicida avalada por instrumentos de fe política y religiosa. Otra comunidad agredida en Estados Unidos ofrece de inmediato el discurso de la respuesta militar. Es en este momento en que la cita de Laclau que inaugura este texto es útil. El autor de Hegemony and Socialist Strategy sostiene además que en la construcción de fronteras políticas, las demandas particulares de los grupos agredidos, el nombre de sus reivindicaciones específicas, da lugar a un reclamo de carácter más general, más universal si se prefiere. Si los árabes son amenazados por el sentimiento de humillación —ante el israelí, el estadounidense, Occidente, etc.—, deseo de venganza, hambre, agravios por una lectura del Islam que se acerca a Occidente, autoritarismo, etcétera, están en condiciones de crear una entidad a través de la cual todas sus peculiares reivindicaciones positivas o negativas pudieran estar representadas. Laclau sostiene que este fenómeno puede ilustrarse con la idea de una cadena de equivalencias cuyos goznes pueden representarse genéricamente a través de un valor superior a ellos y que les da sentido de trascendencia y también posibilidad de articular un frente ante “el enemigo”. Del otro lado, sostiene, se dibuja una cadena de diferencias del con-junto de valores específicos que también están o pueden ser representados por un valor general, universal. Ambas cadenas a ambos lados de la frontera política que se define, acuden a un mecanismo de establecimiento de relaciones que trascienden la reivindicación particular. Laclau llama a ese valor universal que es instrumentado, significante vacío, una noción que sirve para ser el centro de convergencia de los agravios o las reivindicaciones específicas y cuyo significado no está determinado de manera absoluta, sino que es sujeto a disputas políticas e ideológicas. En Occidente, ese significante vacío puede ser “la democracia”, “la civilización” o “la guerra contra el terror”. En el mundo islámico, en la interpretación de Al-Qaeda, ese significante vacío puede ser “la guerra contra los infieles”, “la defensa de la comunidad” y otros elementos que permiten interpelar a aquellos dispuestos al martirio y el suicidio en contra del “enemigo”, en la medida en que tal acto es la sublimación de sus posibilidades reales —en tanto percibidas y aceptadas— de identidad. En esta operación inevitablemente, los protagonistas de ambos extremos no pueden sustraerse a la simplificación porque es en ella que todas las diferencias de las reivindicaciones particulares —y la distancia con Dios— pueden ser disueltas.

Laclau sostiene, retomando el concepto gramsciano de hegemonía, que esta articulación de diferencias en torno a un significante vacío tiene como propósito el montaje de un proceso de acumulación de fuerzas y recursos. En otras palabras, la constitución de una lucha hegemónica contra “el enemigo”. Es bien conocido que George Bush ha sido criticado por la forma simplista con que, se dice, se ha referido al conflicto. Sin embargo, ésta ha funcionado para permitir que el sentimiento agredido de la comunidad que él representa13 sea identificado, organizado, movilizado y que haya gozado de gran popularidad en Estados Unidos, e incluso que Tony Blair se haya beneficiado de ello en dicho país, y en el ámbito internacional, como acompañante del hegemon mundial14, logrando la revaloración de productos y costumbres tradicionales británicas de las cuales muchos estadounidenses hacían mofa. La “guerra contra el terrorismo” ha resultado un instrumento de redefinición de fronteras políticas en territorio de Estados Unidos, en Europa y, crucialmente, en Medio Oriente y en el mundo de los países distintos a ambas líneas del conflicto, donde las respectivas fuerzas de izquierda estarán sujetas a una supervisión más estrecha, especialmente cuando están relacionadas con el uso de la violencia política como recurso propagandístico o estratégico. En México, hasta el momento no se ha presentado un solo comunicado del EZLN distinto del referido al crimen de la abogada Digna Ochoa, que aluda a la nueva conformación, aunque algunas voces han advertido ya sobre la nueva frontera a la que aludo.

 

13 Es “el líder de la civilización occidental” ha dicho Chomsky crítica y burlonamente, sin mencionarlo, en sus primeras conferencias al respecto del 9/11.

14 La prensa británica, como es sanamente de esperar, presenta a Blair de una manera crítica en general y eventualmente lo asocian como un instrumento de los intereses estadounidenses respecto de los cuales, es claro, los británicos forman parte como centro financiero mundial y poder militar regional.

 

En el otro extremo, Bin Laden ha sido objeto de toda una campaña propagandística de Occidente y de una batería de críticas que ha conseguido que se valide el objetivo de toda organización no sólo terrorista en particular, sino política en general: ser aceptado como la representación del enemigo del sistema que se ataca. En otras palabras, se convirtió en el primer líder internacional del Islam insurreccional y de la lectura islámica de resistencia disponible respecto de la presunta presencia de Occidente.

El acto terrorista, señala Ranstorp, es un acto que busca audiencia y propaganda, aunque también, en términos individuales, representa un acto de fuerza. Agrego que es también un acto que simboliza la representación del honor de la comunidad agredida por “el enemigo”.

En una entrevista concedida al periodista paquistaní Hamid Mir, Bin Laden fue cuestionado sobre las declaraciones en las que alegaba inocencia y justificaba la atrocidad del 11 de septiembre:

 

—¿Puede justificar el asesinato de inocentes a la luz de las enseñanzas del Islam?

—Éste es un punto central en jurisprudencia. Desde mi punto de vista, si un enemigo ocupa un territorio musulmán y usa gente común como escudo humano entonces es permitido atacar a ese enemigo. Por ejemplo, si los bandidos irrumpen en una casa y mantienen secuestrados a niños. El padre puede atacar al bandido y en el ataque incluso los niños pueden resultar heridos. Estados Unidos y sus aliados están masacrando en Palestina, Chechenia, Cachemira e Irak. Los musulmanes tienen el derecho de atacar en represalia. La Sharia —ley del Islam, la forma en que se debe vivir— dice que los musulmanes no deben vivir mucho tiempo en tierra de infieles. Los ataques del 11 de septiembre no estaban destinados a niños o mujeres. Los blancos eran los iconos del poder económico y militar de Estados Unidos. Los americanos deben recordar que pagan impuestos a su gobierno, eligen a su presidente, su gobierno manufactura armas que dan a Israel para usarlas en masacres contra los palestinos. El Congreso respalda todas las medidas del gobierno y esto prueba que todo Estados Unidos es responsable de las atrocidades perpetradas contra los musulmanes. Todo Estados Unidos, porque ellos eligen al Congreso. Yo pido a los estadounidenses forzar a su gobierno a terminar con políticas antimusulmanas. El pueblo estadounidense se levantó contra su gobierno en la guerra de Vietnam. Ellos deben hacer lo mismo ahora. —¿Puede decirse que está contra el gobierno y no contra el pueblo estadounidense? —Claro. Estás desarrollando la misión de nuestro profeta Muhammed, la paz sea con él. La misión es extender la palabra de Dios, no masacrar personas. Nosotros mismos somos el blanco de asesinatos, destrucción y atrocidades. Sólo nos defendemos. Queremos defender a nuestra gente y nuestra tierra15.

15 The Sunday Times, noviembre 11, 2001, p.7.

En este texto, Bin Laden, quien aparece claramente, a diferencia del video en que se autoinculpa —o se autopromociona como el autor del desafío histórico, que ha alcanzado la dimensión de “milenario”, a Estados Unidos— exhibe el principio de estructuración del discurso al que nos hemos referido. Aparece con claridad, la justificación asociada al sentimiento de la comunidad agredida, el uso de la simbolización como medio para construir la colectividad, la justificación que de ello se deriva para atacar a otra comunidad que ya ha sido construida como “el enemigo”. En su propia contestación a la hegemonía política de los estadounidenses, Bin Laden encuentra el espacio para la constitución de un discurso que articula hegemónicamente las reivindicaciones de la comunidad árabe agredida. Diversos elementos prueban que mientras Bush constituyó su liderazgo —después de una frágil legitimidad electoral, inexperiencia internacional, y según sus críticos una notable incapacidad verbal y conceptual— en torno a la respuesta “simplista” que dio a su enemigo. Osama bin Laden ha hegemonizado completamente el sitio de la resistencia a lo occidental, independientemente de que sea atrapado, asesinado o no se vuelva a saber de él.

CONCLUSIONES

En tal sentido se abren algunas opciones de análisis:

a) Bush fue menos astuto que el ex presidente mexicano Carlos Salinas de Gortari frente al EZLN, cuando decidió declarar un cese unilateral al fuego tras la revuelta iniciada el 1 de enero de 1994. Salinas evitó constituir al EZLN en el enemigo que debía ser destruido y así anuló parcialmente para siempre la posibilidad de que el EZLN convirtiera al sistema político en su conjunto en el responsable de todos los males de la comunidad que el EZLN representa, en particular, el mal de la represión generalizada en su contra.

b) Bush y el conjunto de intereses y elites políticas a su alrededor decidieron convertir una atrocidad construida desde “el enemigo” en el punto de partida para el relanzamiento de un liderazgo basado en un más amplio sentido de comunidad —nacional— que el que le había concedido la discutida victoria electoral y que dará lugar a una nueva transnacionalización de lo estadounidense, incluidos sus valores, franquicias, equipos y elites militares y de seguridad.

 

Quiero referirme nuevamente a la idea de Laclau expresada en la cita inicial de este artículo. El enemigo es el sitio donde todos los males convergen. Es el paradigma de el mal. Para Al-Qaeda el enemigo representa la amenaza de una secularización inaceptable y fácilmente asociable con la noción de corrupción. Para el gobierno de Bush es conveniente que Al-Qaeda sea separado del entorno y la identidad política que explica el éxito de su liderazgo y de la notable resistencia a sangre y fuego en las montañas afganas, en contraste con la operación que secuestró en Panamá al general Manuel Noriega, aplastando una mínima resistencia hace diez años. Bin Laden y el presidente estadounidense han construido el 11 de septiembre como la evidencia pública internacional de una nueva frontera en que aparecen justificadas y legitimadas sus propias definiciones de “infidelidad” de un lado y de “terrorismo” en el otro. Ambos personajes han acudido al uso de una agresividad presuntamente autodefensiva de sus propias comunidades amenazadas por el otro. Ambos son la representación de todo el mal. Merecen por ello ese ataque al que Laclau alude, “feroz, total; e indiscriminado”. Si en Occidente no hay excesiva discusión sobre la hegemonía de los valores que Bush representa y de los instrumentos que emplea en Medio Oriente no la hay tampoco con respecto a que Osama bin Laden fue convertido por una operación estratégica, planeada o no por los Estados Unidos, en la fuente de todo mal que impide las garantías de seguridad ciudadana y de las elites políticas que el gobierno de ese país solía estar seguro de poder ofrecer.

El ex Regius Professor de Oxford, Sir Michael Howard, especialista en historia —ahora retirado—, sintetizó tempranamente la acción militar estadounidense y la coalición en torno de ella. Estados Unidos, dijo, “le ha concedido a Al-Qeda un estatus que no merecía y ha creado una abrumadora expectativa pública de acción militar”.

Mucha gente habría preferido una operación policiaca, conducida bajo los auspicios de las Naciones Unidas a nombre de la comunidad internacional como un todo, contra conspiraciones criminales, cuyos promotores debieran ser atrapados y sujetos a tribunales internacionales16.

16 Al-Qaida is winning war, alies warned, en The Times, octubre 31, p.6. Enfasis mío.

 

 

La decisión del presidente de Estados Unidos, sin embargo, reconstituyó su propio liderazgo y aseguró la inmortalidad simbólica de Bin Laden, al menos hasta que alguien aún más ambicioso que él ocupe su lugar en el establecimiento de las fronteras políticas con “los infieles de Occidente” y con aquellos aspectos que otras naciones consideran indeseables de la hegemonía estadounidense. En esa medida me parece que ambos líderes alcanzaron un paradójico éxito simultáneo sin mencionar los intereses militares, petroleros y comerciales o religiosos movilizados en ambos lados de la nueva frontera política internacional.

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El autor, Salvador Guerrero Chiprés, es licenciado en Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Su tesis de maestría en Comunicación Política en la Universidad Iberoamericana (EPR: estigma y silencio) recibió mención honorífica. Fue reportero para el diario La Jornada durante 12 años, labor por la que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en 1997. Actualmente cursa el doctorado en Teoría Política en el Departamento de Gobierno de la Universidad de Essex, Inglaterra, en el Programa de Ideología y Análisis de Discurso. Su campo de investigación es insurgencias, seguridad nacional y comportamiento político.