Capitulo Nueve
Defensa pública de
Samuel Joaquín
Versión íntegra del desplegado
firmado por Samuel Joaquín Flores, según fue publicado en el diario El
Universal el 28 de octubre de 1997, en la página 3.
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Samuel Joaquín Flores
Director Internacional |
La Luz del Mundo
Asociación Religiosa
A LA OPINIÓN PUBLICA:
Soy un predicador que centraliza su actividad en la
difusión del evangelio cristiano dentro y fuera del país; entiendo y practico
la honestidad como responsabilidad básica de mi administración pastoral. En los
33 años de gestión al frente de esta Asociación Religiosa, me he entregado a
propagar los valores cristianos y patrios, así como el derecho a la vida y a la
libertad, en el marco de nuestras leyes. En consecuencia, los cientos de miles
de personas que han aceptado esta doctrina en 29 países, disfrutan de
estabilidad e indiscutible superación en su nivel de vida, lo cual
se ha traducido en beneficios concretos para ellos mismos, para su familia,
para la comunidad donde radican y para el país donde residen. Por lo tanto,
hemos ganado una imagen aceptable y positiva ante el gobierno, el medio
educativo, asociaciones civiles y ante la sociedad.
Recientemente, ciertos medios de comunicación han
dado espacio a denuncias calumniosas sobre delitos sexuales que algunos ex
miembros de esta comunidad dicen haber sido víctimas.
Todas las personas que por sus propias convicciones se separan de una organización social o
religiosa, aseguran que las razones de su retiro por absurdas que sean son
justificables, sin embargo, cuando su salida está orientada en el
resentimiento, reclaman venganza, y entonces para disculparse, difaman,
mienten, denigran e inventan falaces argumentos para lograr imagen de víctimas.
Es muy lamentable que en nuestro medio social “todo
acusado es culpable hasta que no demuestre lo contrario”. Este aforismo
califica al presunto como culpable a priori y a los acusadores como mártires. Generalmente las
calumnias obedecen a patrones de conducta ya establecidos socialmente; si se
trata de un funcionario público, se le califica como corrupto, al político como
demagogo, al líder religioso como abusador sexual. En mi situación actual, las
calumnias de que he sido objeto han adquirido trascendencia sensacionalista,
porque las acusaciones son propiciadas en el marco religioso y hay una natural
predisposición morbosa de curiosidad malsana; como si todo misionero
evangélico, por el sólo hecho de serlo, fuera un pecado y en éste llevara la
penitencia.
Abusos sexuales son actos denigrantes que lesionan
gravemente no sólo a las víctimas
sino a la dignidad humana, LOS CONDENO Y REPRUEBO ENÉRGICAMENTE. Esas prácticas
deben castigarse con toda la fuerza y el peso de la ley.
Los actos bochornosos que irresponsablemente me
atribuyen son inaceptables e indignantes, derivados de mentes sucias y
perversas que recurren al protagonismo, atreviéndose en sus desviaciones
morales hasta describir los "detalles" para que las calumnias
impacten, sorprendan y desconcierten aún más.
Los delitos de orden común, lo son en cuanto hay
evidencias, pero estas acusaciones de supuestos actos cometidos hace más de
diez años, carecen de pruebas, son argumentos repugnantes que desprestigian a
quien los expresa en ese lenguaje de burdel, abominable y execrable, no por los
términos mismos, sino que usados como pirotecnia verbal, orientan a la condena
pública.
Para defenderse de la rabia de la calumnia, se
requiere estar infectado de la misma, porque nadie en sano juicio enfrenta al
perro rabioso para desafiarlo, porque sabe que el virus no se extermina en
ningún caso.
Si la mejor defensa es el ataque, en este caso, me
resisto a aplicar esa estrategia, porque la calumnia se alimenta de rencor y
odio, se sabe cuándo se inicia, pero se desconocen sus límites,
porque degenera en una espiral interminable que llega a lo protervo y lo
depravado, formas corrosivas que nacen solamente en mentes degeneradas. Ante
esta guerra sucia, el enfrentamiento no es recurso de solución, mi mejor
argumento de defensa son las acciones de mi vida, expuestas abiertamente ante
mi esposa, mis hijos, mi familia y los ministros, cercanos colaboradores, que
hubieran sido los primeros en impugnar cualquier bajeza; ellos son testigos
idóneos y los más implacables jueces. Ante todos ellos y la opinión pública,
con humildad afirmo, soy humano y tengo equivocaciones pero ningún acto inmoral
de que avergonzarme.
El acusador sabe que calumniar para acusar es
enlodar, y el acusado sabe que defenderse es someterse; es aceptar
implícitamente ese juego ominoso de perversión que goza de intriga y termina en
el acoso.
Ni cobardía, ni debilidad en mi determinación a
callar o guardar silencio, es evitar forcejeos verbales a los que me niego y me
resisto porque es caer en un círculo vicioso en el que mis detractores
encontrarán siempre un pretexto perverso para tergiversar lo honesto. En el
transcurso de los últimos meses, desde que se inició este hostigamiento en la
ofensiva del descrédito, no ha sido aportada prueba alguna, ninguna evidencia,
nada se ha constatado, lo que comprueba que calumniar es una trampa de
descomposición moral.
Defiendo con pasión la verdad de la doctrina
cristiana, los valores humanos y ataco inflexible la mentira, la injusticia, la
ignorancia, la inmoralidad, el desenfreno. Reitero, no me interesa la defensa
ante la calumnia, porque la integridad de una vida no se defiende con palabras,
la integridad no se concede, la integridad no se otorga, la integridad se gana,
se gana con acciones, en el ejercicio de la responsabilidad, y en la conducta
diaria del cumplimiento del deber.
Lo paradójico y ridículo es que, los impugnadores en
su afán de exhibirme ante el tribunal público, también denigran a las
autoridades judiciales y administrativas afirmando que hay contubernio porque
no “actúan”. Si las calumnias que me atribuyen tuvieran fundamento, dejarían de
ser calumnias, para convertirse en verdades en las cuales la ley hubiera sido
aplicada según el derecho, desde hace tiempo.
Todas mis acciones están a la luz pública, sigo
difundiendo el evangelio, sigo divulgando el derecho a la libertad y el respeto
a la vida, sigo en mis viajes pastorales en el interior del país y en el
extranjero, y sigo manifestando convencido que, mejores cristianos son mejores
ciudadanos.
En mi ánimo personal no hay venganza, ni amenaza a mis
detractores, no hay intimidación ni persecución, porque mis actos justifican la
honorabilidad de mi vida. Me debo a la responsabilidad de la predicación del
evangelio y a la comunidad que sigue firme en la doctrina de Cristo.
A mi familia, a mis colaboradores, a los cientos de
miles de fieles, y a los que me dispensan su simpatía, gracias por apoyarme en
la entrega sin reservas por un Ideal...LA FE CRISTIANA.
SAMUEL JOAQUÍN FLORES